Los Límites de la Violencia

Los Límites de la Violencia
Lecciones de una vida revolucionaria según relato de Élan Le Vieux recogido por Ira Chaleff
LDLV Open Graphics Image

Descripción

Hoy como ayer, la violencia organizada del hombre sobre el hombre continúa siendo parte de la condición humana. En muchos casos esta violencia es perpetrada por regímenes despóticos. En otras ocasiones es la respuesta de pueblos que se rebelan ante sistemas opresivos o gobiernos a los que consideran ilegítimos o tiránicos.

En el libro «Los límites de la violencia: Lecciones de una vida revolucionaria», Ira Chaleff recoge las memorias y reflexiones de Élan Le Vieux, un viejo revolucionario que sobrevivió cien años recorriendo los escenarios políticamente más convulsionados del siglo XX.

Bajo la premisa de que todo pueblo tiene derecho a sublevarse ante un régimen opresor, Élan centra el foco sobre los métodos violentos de lucha revolucionaria. su legitimidad, sus consecuencias y sus límites. También analiza los desafío de reemplazar a un régimen opresivo evitando al mismo tiempo convertirse uno mismo en el nuevo opresor. De este modo contribuye a fortalecer la concepción, desarrollo y preservación de los más altos valores de cualquier revolución genuina, independientemente de su signo ideológico.

La propuesta de Élan para todos y cada uno de los revolucionarios del siglo XXI es que primero analicen si sus objetivos pueden lograrse a través de reformas o si la revolución es necesaria.

Cuando se han agotado otras instancias para liberarse de la opresión, Élan convoca a considerar herramientas revolucionarias modernas que pueden llegar a ser tanto o más efectivas que el tradicional empleo de la lucha armada.

Si finalmente se juzga que usar la violencia para combatir la violencia es el único curso de acción efectivamente posible, Élan examina cómo hacerlo sin convertirse uno mismo en un individuo violento y evitando establecer un régimen tan opresivo y violento como el que se intenta deponer.

Es así como Élan muestra al revolucionario ético un camino para convertirse en esa gran figura de la historia a la que las generaciones futuras admirarán y honrarán.


Reseña Editorial

Líderes Revolucionarios

En su relato, Élan menciona reiteradamente a tres líderes revolucionarios del siglo XX: Vladímir Illich Uliánov o Lenin, quien ejerció el poder despiadadamente en nombre de la revolución; Ernesto “Che” Guevara, sometido a sentimientos de amor y odio como impulsores de la Revolución Cubana; y a Nelson Rolihlahla Mandela, quien agotó los medios pacíficos antes de tomar las armas para superar la injusticia y aun así no se convirtió en un líder violento ni estableció un régimen de terror.
A través de estos ejemplos, Élan responde a interrogantes como: ¿Cuál es el propósito del poder? ¿Cuándo, si nunca, ha de apelarse a la violencia? ¿Cómo la violencia puede tomar control sobre el líder y la revolución? ¿Cómo puede limitarse la violencia para no traicionar los objetivos revolucionarios? ¿Qué lecciones podemos aplicar en el presente?

Seguidores Revolucionarios

La singularidad del relato de Élan es su enfoque sobre el rol de los seguidores de un líder revolucionario como garantes del éxito final de una revolución. Al respecto, Élan ofrece un conjunto de pautas para establecer una dinámica positiva en la relación entre el líder y su colaborador. Así como propone un límite para la violencia también indica que existe un límite para la obediencia y una clara diferencia entre la lealtad al líder y la lealtad a la revolución.


Opiniones de Lectores

David Korten: Autor de «Cuando las transnacionales gobiernen el mundo» y «El mundo post-empresarial: La vida después del capitalismo»

Un libro de gran actualidad. La obra contiene un poder siniestro y a la vez transmite un sentido de sabiduría profunda que interesa a todos los revolucionarios e incluso a aquellos de nosotros que rechazamos los métodos violentos.

Félix Ulloa: Abogado salvadoreño. Ex miembro del FMNL/FDR durante la guerra civil en El Salvador (1970-1980).

Si este libro se hubiera escrito en los años 60 o 70, no dudo que estaríamos viviendo en un mundo mejor pues es una de esas obras que proveen las herramientas para cambiar el rumbo de la humanidad.

Sabrina Kellen

Un acercamiento muy ameno y fácil de leer a la compleja problemática de las tiranías revolucionarias que tanta frustración han provocado a los idealistas de ayer, hoy y siempre.

Daniel Alvarado

Un compendio de enseñanzas para todos aquellos cercanos a un líder fuerte tanto en la esfera social y política como en el orden institucional, corporativo e incluso en el ámbito familiar.

Amelia Macia

Me encantó el personaje del Viejo Élan. Su relato seduce al punto que leí todo el libro por primera vez en tan solo una noche y considerando que no me interesa demasiado la política, puede decirse que esta obra atrapa hasta al más cauto.

Francisco

Sin llegar al extremo de una revolución armada, las lecciones de Élan también son aplicables a los gobiernos progresistas que llegan al poder con fuerte respaldo popular. En pos de concretar los cambios radicales prometidos en la campaña electoral, estos gobiernos suelen caer en la tentación de cerrar el diálogo con el arco opositor exponiéndose a un sinnúmero de acciones desestabilizadoras y golpistas que no obstante, de a poco ganan consenso entre la mayoría no radicalizada que otrora les apoyase en el acto electoral.

Capítulo de muestra

CAPÍTLO III: MONSTRUOS Y CAOS REVOLUCIONARIO

Sección 1: ¿Cómo surge un monstruo?

Al contemplar las fotos de los tiranos cuando estos aún eran niños, no podemos detectar indicio alguno de la clase de monstruos en que se convirtieron luego. Tal vez la mayor necesidad de la humanidad para poder madurar como especie, sea comprender cómo los monstruos se convierten en líderes políticos o cómo los líderes políticos se convierten en monstruos. No conocemos la respuesta a esta cuestión crucial. Ni siquiera sabemos si convertirse en líder político hace aflorar al monstruo que llevamos dentro o si es el monstruo interior quien busca el poder político.Si conociéramos estas respuestas, podríamos haber salvado cien millones de vidas de una muerte brutal y prematura durante el siglo pasado. ¡Apenas podemos comprenderlo! ¡Es tan desconcertante! No obstante, el hecho de que no sepamos las repuestas no significa que no podamos hacer algo al respecto, quizá lo suficiente como para evitar el surgimiento de un determinado monstruo en un sitio y momento en particular. Tal vez en el mismísimo lugar y tiempo en el que usted está leyendo este libro.

Puede ser que usted ya se encuentre luchando contra un monstruo de carne y hueso. Tal vez el sistema está tan corrupto que no requiere ser conducido por un único monstruo pues ha logrado que muchas personas se transformaran en pequeños monstruos. Del modo que sea, están ocurriendo cosas monstruosas y en muchos casos es un individuo con el poder absoluto quien se ha convertido en monstruo o quien tolera la monstruosidad.

La terrible verdad a la que debo enfrentarle ahora es que muchos de estos monstruos del pasado y del presente, fueron una vez idealistas revolucionarios. Por lo tanto, el asunto resulta de suprema importancia para usted. No estoy diciendo que necesariamente fueran monstruos antes o durante la revolución. A menudo fueron visionarios valientes. Sin embargo, sabemos que muchos revolucionarios se comportaron como monstruos una vez que la revolución triunfó.

¡Que pensamiento tan terrible! ¡Temer a las consecuencias del triunfo revolucionario cuando la misma revolución está luchando en contra de monstruos! Esto parece propaganda contrarrevolucionaria. Una táctica para confundir. Un llamado a la inacción. ¡No lo es! Es una advertencia, un grito estremecedor alertando a todos en cuanto a que los peligros de la victoria son tan grandes como los de la derrota. Es ahora cuando debemos pensar en cómo manejaremos la victoria para que esta sea una que valga la pena lograr y por la que valga la pena matar o morir.

La historia nos ofrece muchas pruebas aberrantes. El pasado siglo XX sembró el planeta con ejemplos sangrientos que se convirtieron en una terrible habitualidad. Líderes en los que el pueblo confió para conducirlos a través de una nueva senda, de algún modo convirtieron ese camino en una autopista hacia el infierno franjeada por fosas comunes, niños hambrientos, arrestos ilegales, calabozos del horror, instrumentos de tortura y los huesos rotos de quienes murieron martirizados. Si bien desconocemos la razón verdadera de por qué esto sucedió, tal vez podamos aprender algo al respecto. Con este saber, usted podrá hacer algo para que su revolución y sus venerados líderes se mantengan fieles a la visión. La visión por la cual usted lucha. Evitará así que sucumban ante esta otra fuerza cuya naturaleza aún debemos dilucidar.

El punto de partida está en nuestro interior. Aparentemente existe un huevo o simiente de monstruo dentro de cada uno de nosotros. Esto puede no ser absolutamente cierto pero es una aproximación aplicable en muchos casos. Existen diversas teorías acerca de este huevo, algunas religiosas, otras revolucionarias y también biológicas. No sabemos cuál es la teoría correcta. Tampoco conocemos cómo se fertiliza este huevo ni cómo comienza a desarrollarse. Los biógrafos de los monstruos han buscado una explicación a esto. Invariablemente parece existir una razón inherente al individuo. Un padre que hizo esto o una madre que hizo aquello. Un hermano amado que fue asesinado por sus ideales reformistas, encendiendo así una inapagable sed de venganza. Siempre podemos componer algún tipo de justificación para explicar lo que tan urgentemente necesitamos comprender. Sin embargo, todas son historias pasadas que rara vez nos benefician en el presente.

Yo le propongo a usted —mi valiente revolucionario—, que asuma que ese huevo está allí, adentro de cada uno de nosotros y muy particularmente en su propio ser. Si lo desea, puede dibujarlo, darle una forma y un color. Sentir su peso, textura y temperatura. Oler su suave y ominoso olor. En su imaginación, hágalo verse como algo real pues, aunque invisible, es tan real como el DNA que define cada rasgo de su cuerpo. Reconozca que adentro de ese huevo se concentra toda la monstruosidad que el mundo ha padecido y que, bajo las circunstancias adecuadas, puede incubarse y desarrollarse hasta tomar el control de su persona. Bajo las malas influencias, la oportunidad propicia y cierto grado de poder, el huevo podrá crecer en su interior y usar su fuerza vital para alimentar y criar al monstruo que yace dormido en su bolsa.

Aprendemos a abortar el nacimiento de monstruos buscándoles primero en nosotros mismos y reconociendo que el monstruo interior es tan peligroso como los exteriores y aún más insidioso. De algún modo, el Caballo de Troya ha traspasado las barreras y se ha escondido tras nuestras murallas, espera el momento oportuno para develarse y destruirnos. Tanto bajo el colonialismo como el neocolonialismo, el odio ha penetrado nuestros corazones y forjado un estigma de venganza bajo nuestra piel. La gran batalla que debemos enfrentar es la de reconocer que el enemigo habita en nuestro interior y que no debemos situarlo en otras personas. Nuestra ideología puede sostener que el enemigo es el interés reaccionario, el pensamiento maniqueo, Satanás, un genio demoníaco o el vudú. Aun así, debemos comprender que el enemigo reside en nosotros mismos y que debemos combatirle evitando volcar equivocadamente la violencia sobre otros.

Debemos convocar a un poder superior, sea éste de origen racional, producto de nuestra voluntad, sustentado por nuestra fe religiosa o consecuencia de nuestro sentido básico de la moralidad. Debemos invocar a este poder benigno y utilizarlo para dominar a ese otro poder maligno que yace en nuestro interior y que se ha convertido en parte de nosotros mismos. Al concebirlo como una porción de nosotros y comprendiendo que esa fracción no puede ser más poderosa que el todo, podremos relegarlo a su lugar como una potencialidad a la que no le permitiremos manifestarse. Tenemos la responsabilidad de hacer esto nosotros mismos, usando cualquier medio cultural a nuestro alcance que pueda ayudarnos. Podemos rezar, ayunar, buscar consejo o guía, efectuar una confesión y autocrítica pública o compartir nuestros más oscuros miedos con un camarada de confianza. Aunque sea de modo imperfecto, nuestra integridad debe prevalecer.

¡Deseo que ahora suspenda la lectura y descubra este huevo! Si su revolución es importante para usted —como yo sé que lo es—, quiero que se detenga ahora mismo y haga su mejor esfuerzo para hallar al huevo en su interior. Realice una visualización mental. No importa si la imagen es clara o difusa. Tan sólo inténtelo. Luego ubique un lugar en su cuerpo en donde este huevo imaginario pudiera estar oculto. Véalo yaciendo allí, escondido, desapercibido y esperando el momento oportuno. Hablo en serio. Cierre sus ojos y manténgalos cerrados hasta que pueda imaginar a este huevo dentro de usted. Luego ábralos y pase a la página siguiente.


Gracias —mis muchachas y muchachos—, por tener la osadía de explorar su potencial maligno interior. Este es el mismo coraje que le pedimos a la sociedad para que explore y comprenda su propia perversidad. Sólo entonces podrá transformarse y dejar de ser el sistema injusto en el que se ha convertido. Todo comienza con la valentía de reconocer las partes de nosotros mismos que son inaceptables y que preferiríamos extirpar. Despojarnos de la futilidad que nos dice que somos perfectos y admitir que somos parte buenos y parte malos. Sólo entonces puede comenzar un proceso voluntario de cambio.Ahora ya podemos embarcarnos en el siguiente tramo del recorrido. Si existen condiciones favorables para despertar la espora malévola, entonces seguramente también existen condiciones desfavorables para que algo así suceda. ¿Cuáles son estas condiciones? Ésta es una cuestión urgente que debe responder cada individuo ante la acumulación de poder. ¿Cuáles son las condiciones que resultan tóxicas para los huevos de monstruo, aquéllas capaces de sofocarles en su matriz?

Sin lugar a dudas, las condiciones inhibitorias son diferentes para cada individuo. Imagine cuáles son las más aplicables en su caso. ¿Rezar cada noche rogando por el don de la humildad? ¿Rezar para ser capaz de perdonar los crímenes terribles cometidos contra usted y sus seres queridos? ¿Trabajar con los enfermos y moribundos para aprender y reaprender humildad? ¿Reírse junto a los niños? ¿Leer filosofía? ¿Rodearse de personas que no le teman? ¿Leer la historia de déspotas y conocer su trágico final en manos de sus contemporáneos o bajo el implacable juicio de la historia? ¿Crear un sistema en el que nadie pueda tener un poder dominante? ¿Imaginar que morirá dentro de seis meses y pensar en cómo desea ser recordado? ¿Renunciar a su posición de mando cuando sienta que el huevo comienza a crecer y antes de que el monstruo emerja y le devore?

Al luchar con la verdad terrible del huevo de monstruo en nuestro interior, logramos percibir el poder que puede adquirir sobre nuestros líderes y sus lugartenientes. No deseamos perder a nuestros apreciados líderes y sus hombres de confianza en manos de este enemigo que ataca desde adentro. Pero, mientras desconozcamos el poder que alcanzará el monstruo que se incuba y madura adentro del huevo, no les inocularemos suficientemente temprano como para prevenir las consecuencias. El monstruo se incubará y crecerá rápidamente a través de su etapa adolescente y se fraguará hasta alcanzar su desagradable forma plenamente madura. En ese estado, simplemente devorará a cualquiera que se interponga en su camino y no se detendrá hasta sucumbir en manos de una fuerza superior o ante el efecto neutralizador del tiempo.

Si comprendiéramos cabalmente la naturaleza corrosiva de este huevo, del tamaño descomunal que desarrolla el monstruo una vez nacido, verteríamos el remedio a través de la garganta del líder de la misma forma como administraríamos quinina a un enfermo de malaria. Incluso si se resistiese, no dudaríamos en vacunarle contra esa siniestra enfermedad infecciosa que le amenaza a él y a toda la comunidad. Si supiésemos que esto protegería su salud, su vida, la vida de su pueblo y su buen nombre, entonces, por el respeto que se merece, por el amor que le profesamos, le administraríamos de inmediato la medicina preventiva necesaria.

Si hemos comenzado por nosotros mismos, enfrentando al monstruo potencial interior, podemos luego enfrentar al de otros sin pretender convertirnos en su policía, sus jueces o sus verdugos. Podemos ser seguidores fieles de nuestros líderes y ayudarles a garantizar que seguirán mereciendo nuestra lealtad. Todos somos agentes imperfectos del cambio, todos potenciales portadores del huevo virulento, todos camaradas protectores del ideal revolucionario.

Ahí está esa palabra: “ideal”. Siempre recuerde que un ideal es algo por lo que luchamos. Raramente es algo que alcanzamos. Nosotros no somos ideales. Nuestros líderes tampoco lo son. Nuestra revolución no es ideal. No es desleal reconocer los aspectos personales o de nuestros líderes que se apartan del ideal. A lo largo de todo el camino nos alejamos en mayor o menor medida del ideal. Esto no es vergonzoso, es humano. Sólo se convierte en vergonzoso cuando dejamos de aprender de nuestros desajustes y abandonamos la lucha por nuestro ideal mientras insistimos en que los demás vivan por el mismo. Entonces nos convertimos en hipócritas y los hipócritas sufren una gran vergüenza que sólo pueden esconder dañando o destruyendo a sus semejantes.

Recuerde lo siguiente: el alimento, el fertilizante, el nutriente de los huevos de monstruo es el poder y el deseo de poder. Esta es la gran paradoja de las revoluciones. Todas las revoluciones buscan el poder. Nuestros líderes necesitan un gran poder para lograr sus objetivos revolucionarios. Sin poder no pueden combatir a los demonios ni crear justicia. Es nuestro deber y nuestra misión ayudarles a adquirir poder. Sin embargo, al hacerlo, les exponemos al riesgo de que el monstruo en el huevo despierte.

A medida que tenemos éxito, a media que adquirimos el poder de convocar la atención del mundo, de llevar al régimen opresivo a la mesa de negociaciones o hacerlo huir al exilio, cuando movilizamos a las masas en las calles, cuando comienzan a suceder todas las cosas por las que hemos arriesgado la vida, el huevo empieza a despertar. Nuestros más grandes momentos de triunfo contienen las semillas de las mayores traiciones a nuestros ideales y sueños. Esta es la paradoja que todo revolucionario debe tener en cuenta.

La llegada al poder puede establecer un círculo vicioso y peligroso. Quienes adquieren algún poder terrenal se deleitan con su sabor. Ejercen el poder tal cual deben pues el poder debe ser usado. Experimentan la sensación satisfactoria de fortaleza y potencia que uno siente cuando ejercita los músculos. La sensación les anima a usar el poder cada vez más y al hacerlo lo encuentran aún más satisfactorio. En sus cerebros se activa un centro de placer profundo para el que la obtención de poder es un nutriente fundamental. El poder es tan intensamente agradable que podemos suponer que actúa como una droga adictiva. Al cabo de un tiempo, el ardiente deseo de consumo de la droga empieza a verse y a sentirse.

Es en este momento cuando puede comenzar el círculo vicioso. Quienes saborean el poder temen perderlo del mismo modo que un adicto teme perder su suministro de droga. Comienzan a actuar de modo extraño en pequeñas cosas que les ayudan a mantener el poder. Involuntariamente empiezan a alimentar al huevo. Sus actos más simples son menos puros que en tiempos pasados. Son conscientes de ello y sin embargo empujan la consciencia a la periferia de sus mentes. Aunque no lo admiten, saben que sus actos impuros perjudican a otros.

Podemos asumir que ahora se inicia un segundo ciclo. Los poderosos temen la venganza de quienes han ofendido si estos les arrebatan su poder. Por lo tanto, están dispuestos a perseguirlos a ultranza con el fin de debilitar su capacidad de venganza. Al hacerlo, se tornan todavía más temerosos de la venganza. El huevo crece. Si no se interrumpe, el ciclo continúa desarrollándose en espiral. El huevo aumenta su volumen y eventualmente alcanza el punto de maduración. Si el ciclo no se quiebra rápidamente, el huevo logra su tamaño máximo y explota diseminando criaturas virulentas alrededor de su cáscara recién abierta.

Algunos de los grandes investigadores en esta materia van más allá. He estudiado a diversos ensayistas durante décadas buscando desesperadamente respuestas a este fenómeno. Cómo explicar la horrible muerte de millones de seres humanos en manos de quienes se levantaron para liberar al pueblo de la opresión. Mis amigos V.I., el Tío José o El Águila de Georgia, el Presidente Mao y Pol Pot son tan sólo los ejemplos más famosos.

El gran antropólogo social Ernesto Becker y el ensayista Elías Canetti especulan que detrás de este comportamiento está enterrado profundamente el temor a la muerte que todos llevamos dentro y que nos induce a buscar desesperadamente un modo de evadir el destino inevitable de todo ser humano. El sino de la muerte, la extinción personal, el miedo a que pasaremos por la vida sin dejar rastro. El pavor a que en cierto momento seremos olvidados y que nuestras vidas no tendrán significado. Según estos pensadores, este miedo primal nos inducirá a hacer cualquier cosa para huir del terrible sentimiento de temor que el concepto de muerte instala en nosotros.

El miedo hace que no sólo busquemos poder sobre los demás sino que pretendamos ejercerlo de modo absoluto, el poder sobre la vida y la muerte. No sólo ostentaremos este poder sino que también lo ejerceremos una y otra vez en un esfuerzo desesperado para demostrar que nosotros no somos las víctimas de la muerte sino sus agentes y administradores. Mientras administremos la muerte, sin importar si es la de nuestros enemigos, camaradas o subordinados, obviamente no seremos nosotros las víctimas de la muerte. Al observar cómo otros caen, logramos la satisfacción profunda y adictiva de reconocernos supervivientes mientras todos los demás a nuestro alrededor perecen.

Tal vez así es como comienza a crecer el huevo. Nos acostumbramos a ver morir personas a nuestro alrededor aún antes de que nos corresponda matarlas en el campo de batalla o condenarlas a muerte en un tribunal revolucionario. Incluso si amamos y añoramos a los caídos, en nuestro interior más profundo sentimos la inconfensable e inadmisible satisfacción de reconocernos superiores a ellos pues nosotros hemos sobrevivido mientras ellos han muerto. Esta sensación nos llena con un extraño y agradable sentido de poder. El huevo comienza a incubarse cuando no somos capaces de admitir este sentimiento perverso ante nuestros camaradas ni ante nosotros mismos. ¿Si esta sensación de poder sabe tan bien, cómo hacer para experimentarla nuevamente? ¿Y de nuevo? ¿Y una vez más?

El círculo de temor a la venganza se funde con el círculo de adicción y sed de poder, cada uno fortaleciendo al otro. El proceso se torna irreversible y crece en espiral fuera de control. Los primeros actos están encubiertos bajo la lógica revolucionaria. Comenzamos aceptando que una determinada persona debe ser encarcelada o fusilada. También aquella. Y toda esta otra gente. ¿Y por qué no aquéllos? Luego, si adquirimos poder suficiente, ni siquiera necesitamos una justificación revolucionaria. Nuestros actos se justifican por sí mismos pues son la expresión del poder que hemos conquistado. Todo prosigue hasta que aquellos a nuestro alrededor comienzan a darse cuenta de que ya no prestan servicio a la revolución sino a algo diferente: a un monstruo.

Eventualmente, como todos los ciclos, éste también termina agotándose en sí mismo, a veces tan sólo por el paso de los años, la decadencia y la muerte del monstruo. Un final insoslayable a pesar de los infernales esfuerzos realizados para evitarlo. Otras veces, los procesos de purgas y asesinatos generan una fuerte reacción neutralizadora. Muchas personas enfocan sus vidas a detener al monstruo. Lo hacen con tanto empeño como el que usted pone ahora al servicio de la revolución. Sin embargo, han dejado al monstruo crecer en demasía y ahora puede llevar años detenerlo, incluso generaciones. Mientras tanto sobreviene un enorme sufrimiento.

Por lo tanto, resulta mucho mejor destruir al huevo en este momento. Sin embargo, el secreto que estoy buscando y que seguramente moriré sin hallar, es cómo transformar al huevo. Cómo reprogramar su DNA para que comprenda que un verdadero revolucionario no elude la muerte distribuyéndola entre los demás ni demostrando el poder que tiene sobre sus vidas. Para superar a la muerte el revolucionario verdadero debe ser procreador de padres y madres que den vida a una sociedad nueva, una sociedad más justa, una sociedad que las generaciones futuras elogien por haber roto con el antiguo esquema de opresión. Tal vez su generación logre cambiar este círculo vicioso que inflinge semejantes estragos y lo reemplace por un círculo virtuoso que cree un mundo mejor. Descansaré tranquilo en mi tumba si de algún modo llegara a saber que usted tuvo éxito en esta empresa.

Ya sea que la dinámica de desarrollo del monstruo pueda o no erradicarse definitivamente de la faz del mundo, usted siempre puede hacer algo para evitar que se manifieste en su revolución. Si usted comprende la existencia del huevo, si reconoce las señales de su fertilización y admite la necesidad perentoria de abortar su desarrollo denegándole la energía que requiere para crecer, podrá entonces evitar que consuma la obra a la que está entregando su vida. Desconocemos todas las respuestas en cuanto a cómo expulsar el huevo o prevenir su incubación. Sin embargo, yo sí conozco la respuesta errónea y ahora la compartiré con usted. La respuesta equivocada es la inacción. Amar o temer tanto a su líder revolucionario al punto que usted, el primer observador del crecimiento del huevo, no hace nada para lograr que el líder reconozca la presencia y los peligros del huevo. Esta es la respuesta fatal.

Enfrentar esta cuestión demanda mucho carácter y valor pero usted puede hacerlo. Primeramente, intente todo lo que encuentre a su alcance para lograr que el camarada revolucionario perciba al huevo que se está incubando en su interior, que lo conceptualice, que use su sentido de propósito trascendente y su fuerza de voluntad para dominar al huevo, para aplacar su crecimiento negándole el alimento hasta lograr marchitarle. Al mismo tiempo, intente establecer mecanismos de distribución del poder entre los miembros del grupo. De este modo, disminuirá o extinguirá la energía que posibilita la fertilización del huevo en cualquiera de sus líderes.

Si no puede lograr que el líder, en el que claramente se está incubando el huevo, reconozca lo que está ocurriendo y acepte límites que detengan el crecimiento de su monstruo interior, entonces usted debe oponerse al líder. El mayor error que uno puede cometer cuando se está a disgusto con el comportamiento de acumulación de poder de un líder, es retirarse de la escena cediendo mayor espacio al monstruo incipiente. Debe evitar esto a toda costa. No importa cuan repulsiva le resulte la idea de continuar compartiendo su trabajo con camaradas que exhiben un comportamiento inconciliable con su escala de valores.

Estos mismos valores son los que exigen que no les ceda aún más poder. Lamento comprenderlo tan tarde pero hoy sé que el ala democrática del Partido jamás debió haber dejado sólo a V.I. Esa actitud fue tan desastrosa como la de Gregor Strasser abandonando al Partido Socialista y cediendo el lugar al monstruo de Hitler.

Identifique a los líderes que no muestren señales del huevo agitándose en su interior y ponga todo su esfuerzo detrás de ellos. Tal vez no sean tan carismáticos y locuaces pero seguramente son más confiables. Apoye a los líderes que al adquirir poder se lo transfieren a otros, que usan el poder pero que no lo desean. Sume su esfuerzo al de quienes entienden que su misión es la de servir al pueblo y que no es el pueblo quien debe servirle a ellos.

Usted debe hacer todo esto si en verdad desea que su revolución concrete la visión propuesta en vez de convertirse en otra mácula sobre la historia de su sufrido pueblo. Por favor hágame caso, es su deber. Las manchas que exhibe la historia no deben replicarse en su revolución. No suponga que otras personas se ocuparán de mantenerla inmaculada. Esta tarea puede ser su contribución más importante a la revolución.